Al torcer una esquina
Paseando. Orillas del río.
Río en calma. Alma hundida.
La soledad te acompaña.
Compañera fiel, eterna amiga.
¿Crees que es el final?
¿Qué todo esta acabado?
¿Qué ya no hay marcha atrás?
Llora, esparce tus lágrimas por este desierto de almas errantes,
pero no te rindas, nunca te rindas.
Ya no te quedan palabras, frases, rimas,
su ausencia devalúa tu autoestima,
y sobre ti, impasible, allí encima,
un dios, ahora huidizo y de mirada esquiva.
Se que estas triste, pequeña mía,
tu mundo, decorado de alegrías, sonrisas y placer,
se derrumba, como el sol de un viejo atardecer.
Pero sigue caminando, siempre hay otra opción,
siempre surge una alternativa.
Sin querer, trastabillando y de puntillas,
tu roto corazón llega un cruce.
Estas destrozada, lo sé.
Puedes seguir el rumbo de tu mente,
inmersa en un fracaso absoluto,
o torcer esa esquina,
y ver que tras ella hay oculto.
Decides probar suerte,
gran alarde de valor por tu parte,
has vencido a tu frágil mente,
ahora, tu premio, quizás este hay alante.
Al torcer esa esquina,
vislumbras una silueta.
¡Qué ven tus ojos!
Ya pensabas que tal belleza no existía.
Te acercas, acojonada por cierto,
pero sientes algo,
sabes que es tu momento.
Dos palabras, tres gestos,
a cambio una dulce sonrisa.
Lo demás, descúbrelo tú misma,
este final no corre prisa.
Recuérdalo, pequeña,
nunca ceses en tu empeño,
pierdas tu valor,
abandones tus fuerzas,
ni entierres tu sonrisa.
Más allá, hay una esquina, castigada por los años,
olvidada por la desesperación del que sigue su camino,
camino sin retorno, hacia la muerte, hacia el olvido.
Al torcer una esquina, no lo olvides, princesa mía,
siempre hay una esperanza, siempre queda vida.
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